Hace
algunos días leí un cuento; Francisco López Muñoz escribió un relato
sencillo, esquemático, pero muy profundo sobre una circunstancia
intrínseca a la inmadurez de los niños. El MIEDO.
El Miedo es como
ese “Pepito Grillo” que susurra en tus oídos, como la sensación ante un
acantilado, como el olor a humo sin ver el fuego. El Miedo, te alerta,
te prepara, tensa tus músculos y agudiza tus sentidos, la mayor de las
cualidades primigenias del hombre trepa por tu cuerpo instándote a
sobrevivir; el miedo es una cualidad necesaria, y por tanto,
genéticamente buena.
Pero el Miedo, no tiene vista, no tiene
valentía, no tiene coraje ni perseverancia, el miedo, es solo un
adjetivo, un adverbio, un nombre, sin más, sin capacidad propia, ni
pensamiento autónomo y su contrariedad reside en su máxima expresión.
El Miedo te atrapa y sujeta, te impide racionalizar y organizar. El
miedo engaña, enmaraña y tergiversa. El Miedo condena la inteligencia al
ostracismo y supedita la valentía a unos ojos cerrados, a una queja sin
dolor, a una predicción sin futuro.
El miedo, es una herramienta, y
como tal puede ser utilizada, a tu favor o en tu contra. El miedo no
tiene voluntad propia, tan solo aprovecha la inmadurez, las fobias, los
traumas, como las plantas carnívoras ante las moscas. El miedo
reacciona, se activa como un reflejo pero sin la destreza racional. El
miedo se aprovecha.
Pero no nos engañemos, el miedo no es un ente
tangible a la espera de su ágape, el miedo es aprovechado. Y aquí era
donde quería llegar, porque, os preguntaréis por qué narices he
comenzado a escribir tamaña parrafada sobre el miedo sin un punto de
partida concreto.
La respuesta es bien sencilla; “usan nuestro
miedo contra nosotros”. Más aún en tiempos de elecciones. Sí, estoy
hablando de política, de esa otra herramienta intangible, pero sensible,
de esa otra cualidad inherente al hombre que se desvirtúa conforme el
egoísmo gana enteros.
Recomiendo encarecidamente ver el documental “La doctrina del Shock”
https://www.youtube.com/watch?v=Nt44ivcC9rg
. En él, se desglosa perfectamente el uso despótico del miedo como arma
arrojadiza. Todos los días podemos verlo en los medios, prensa, radio,
televisión. Todos, sin descartar a ninguno, se arropan en sus diferentes
intereses e ideales en pos de una libertad de expresión que ningunea
el verdadero sentido de la propia expresión. La objetividad se desvanece
y el libre albedrío, se convierte en un mero sinsentido con hálito
chabacano.
Dijo Jean-Paul Sartre que “mi libertad termina donde empieza la de los demás”. Que verdad más absoluta.
Tenemos derecho a ser libres, libres de subjetividades egoístas,
libres de pensamientos de racionalidad dudosa, libres de “Pedros y
Lobos”, libres de mentiras, de coacciones, libres en definitiva, del
MIEDO.
Tenemos derecho a la libertad ajena, a la libertad
responsable, a la libertad con letras mayúsculas, a la libertad
cultural, a la libertad intelectual, incluso a la libertad irracional
por momentos sabiendo que ésta no nos puede guiar, tenemos derecho a ser
libres.
¿Y cómo se consigue la libertad?
Primero debemos
madurar y entender que la libertad como derecho, es un esfuerzo
constante. Algunos dirán que la libertad no es un privilegio, pero tal
vez nuestra sociedad no tenga aún la madurez para entenderla. Por
tanto, hay que luchar por ella, hay que esforzarse por ser libres, hay
que ganarse el derecho a la autodenominación de persona libre.
La
paradoja de la libertad existe en que es a la vez un medio y un fin. Si
no entendemos que solo con esfuerzo se es lo suficientemente libre como
apreciar la verdadera libertad no cambiaremos esta sociedad de mentiras y
mentirosos, de egoísmo y egoístas, de miedos y miedosos.
Tenemos
miedo a no pagar las comodidades, a no dar lo suficiente, a dar
demasiado, a andar por caminos oscuros, a caminar entre la multitud, a
ser uno más de la manada, a ser único. Tenemos miedo a tomar decisiones,
a no tomarlas, a estancarnos o no seguir adelante. Tenemos miedo al
pasado, al presente, al futuro. Tenemos miedo al cambio. Tenemos miedo a
tener miedo.
Existen individuos que fomentan ese miedo, pues o bien
por ambición o codicia o bien por su propio miedo, necesitan que otros
tengan participen del mismo. “La mediocridad es perdonable cuando está
desarmada” como dijo hace poco Juan Carlos Monedero, aunque yo matizaría
que el desarme solo es tal cuando es inocuo, no cuando aportas datos
falsos por desconocimiento o por relevancia entre charlas. “La
mediocridad es perdonable, pero debe ser ilustrada” diría yo. Lo que sí
que no es perdonable es la codicia y la ambición. La promulgación del
miedo como táctica combativa, no por la mejora general, sino por la
mejora individual.
A ese miedo es el que hay que combatir. Ese miedo es el que debe nuestro esfuerzo, nuestro sudor y nuestra sangre.
¿Pero cómo?
Con educación, con el esfuerzo constante del aprendizaje general, con
el esfuerzo constante del aprendizaje concreto. Porque como acuñó Edward
Bulwer-Lytton “La pluma es más poderosa que la espada”. Porque si hoy
escribo estas líneas y soy capaz de plasmar, con mayor o menor fortuna,
la indignación que me embarga ante algunas campañas, es porque tengo un
mínimo de cultura que ansío engrandecer y llevar hasta su máximo
exponente y que si soy capaz de hacer dudar, o mejor aún, de hacer
pensar y estudiar tan solo a una persona, mi pluma habrá valido la pena.
Porque solo con educación y cultura, tendremos las herramientas para
vencer los miedos propios y ajenos. Porque sólo con la constancia y el
trabajo del ejercicio “músculo-cerebral” tendremos la fuerza suficiente
para vencer sin espadas.
Porque los claveles taponan rifles, porque
los sueños rompen diferencias raciales, porque tenemos que ser realistas
y saber que podemos pedir lo imposible.
Por último, y sabiendo que
el texto es largo y quien haya leído hasta el final tiene todo mi
agradecimiento os dejo el cuento del que hablaba al principio.
El país de tus miedos
Había una vez una niña que se llamaba Julia. Julia tenía miedo de
muchas cosas. Tenía miedo en la oscuridad, tenía miedo de quedarse sola,
también tenía miedo cuando veía a mucha gente, tenía miedo de los
perros, de los gatos, de los pájaros, de los desconocidos, tenía miedo
al agua de la piscina y de la playa, tenía miedo del fuego, de los
truenos, de las tormentas, tenía miedo de los monstruos de los cuentos,
tenía miedo de ponerse enferma, o de que su mamá enfermara, tenía miedo
de ir al cole, de caerse o hacerse daño jugando…
Tenía tanto miedo
que nunca salía de casa para no caerse, enfermar, encontrarse con algún
perro o persona desconocida. Pasaban los días y Julia miraba por la
ventana, veía jugar a los niños y niñas, veía como corrían y se
divertían. Su mamá le decía: “¿por qué no vas a jugar con ellos?” Pero
Julia se sentía muy triste porque tenía mucho miedo y no quería salir de
casa. Llegaba la noche y Julia temblaba de miedo en su cama, todo
estaba muy oscuro y no se oía nada, le daba miedo el silencio y la
oscuridad de la noche, así que se levantaba y, sin hacer ruido, se metía
en la cama de sus papás, allí se sentía protegida.
Una noche,
mientras dormía entre mamá y papá, la cama comenzó a temblar, se movía
tanto que Julia se despertó sobresaltada. ¡Terremoto, hay un terremoto!
Sus papás parecían no notarlo. Julia se puso de pie en la cama, comenzó a
saltar y gritar para despertar a sus papás, entonces un gran agujero se
abrió en el centro. Julia cayó dentro y bajo por un tobogán que le dejó
en un bosque tenebroso y oscuro. Se levantó del suelo y miró a su
alrededor: “¿dónde estoy? Está muy oscuro, tengo miedo. ¡Mamá! ¡Papá!
¡Venir a por mí!”
Nadie parecía oírla, así que Julia pensó que
tenía que salir de ahí, se levantó y comenzó a andar. Enseguida encontró
un camino y decidió seguir andado por él para ver dónde le llevaba.
“¡Qué silencio, no se oye nada! ¡Tengo miedo!” Julia se acordaba de mamá
y papá, se sentía sola y tenía más miedo aún. Cansada de andar se sentó
junto a un árbol, se sentía tan triste que empezó a llorar.
Entonces oyó un ruido “¡uuhhhh! ¡ohohoho! ¡uuuhhhh!” Julia miraba a un
lado y a otro y no conseguía ver nada, un gran pájaro volaba sobre su
cabeza, Julia temblaba de miedo. El pájaro desapareció, volvió el
silencio. Por un momento Julia dejó de temblar, pero entonces oyó ladrar
a un perro, parecía que estaba furioso, luego otra vez volvió el
silencio… Julia cerró los ojos y se dijo a sí misma: “no tengo miedo, no
tengo miedo, no tengo miedo, no tengo miedo, no tengo miedo…” Cuando
abrió los ojos, tenía delante de ella un gran perro negro. Julia se
quedó paralizada, el miedo no le dejaba ni parpadear, tenía ganas de
gritar, de llorar, de pedir ayuda, pero el miedo no le dejaba moverse,
ni hablar, ni gritar, ni siquiera podía llorar.
El perro se acercó aún más, se sentó frente a ella y le dijo:
- ¡Me tienes harto! Estoy cansado de que seas una miedica, nunca he
conocido a una niña con tantos miedos. ¡Eres la Reina del Miedo!
Julia seguía paralizada y con la boca abierta, pero no de miedo sino de
asombro, ¡le estaba hablando un perro! O, mejor dicho, ¿le estaba
regañando por tener miedo? Julia no daba crédito a lo que veía y oía.
- ¿Es que no vas a decir nada? ¿Se te ha comido la lengua un gato? ¡Ah, se me olvidaba que también te dan miedo los gatos!
- ¿Quién eres tú?
- ¿Qué quién soy? Soy Dog, el guardián de tu bosque.
- ¿Mi bosque? – Julia miraba a su alrededor, observando el bosque en el que se encontraba.
- Sí, tu bosque, el bosque de tus miedos. Aquí viven todos tus miedos:
los perros, los gatos, los pájaros, los monstruos, la oscuridad, el
silencio, los ruidos, la soledad, las tormentas, el agua, los truenos…
¡Este es el bosque más grande que conozco! ¡Me das demasiado trabajo!
¡No puedo controlar un bosque tan grande! Tienes que hacer algo.
- Pero, no entiendo, ¿quién ha creado este bosque?, ¿por qué dices que es mío? y ¿que yo te doy mucho trabajo?
- Te lo voy a explicar más despacio… ¡Hola! Soy Dog, soy el perro que
guarda el bosque de tus miedos, este bosque lo has creado tu solita,
aquí vas metiendo todas las cosas, animales y personas que te dan miedo.
Es un bosque muy grande, demasiado grande, porque tienes miedo de
demasiadas cosas. ¿Quieres que te lo enseñe? Sígueme.
Dog y Julia
recorrieron el bosque y Julia pudo ver todas las cosas, animales y
personas que le daban miedo. Después de haberlo visto todo, se sentó en
un claro del bosque. A su alrededor tenía nubes negras, perros, gatos,
pájaros, tormentas, desconocidos, fuego y tantas cosas que le daban
miedo.
- Estoy cansada de que me sigan todas estas cosas. ¿Puedes decirme qué tengo que hacer para no tener miedo?
- ¡Al miedo hay que asustarle! – le dijo Dog.
- ¿Asustar al miedo? ¿Y eso cómo se hace?
- Muy fácil. ¿Tú cómo asustas a un amigo?
- Me escondo y, cuando no se lo espera, salto y con cara de monstruo le grito: ¡¡Buuuuhhh!!
- ¡Muy bien! Pues eso mismo tienes que hacerle al miedo.
- Pero, ¿dónde está el miedo?
- Espera, que ahora mismo te lo traigo.
Dog desapareció entre los árboles y al poco rato apareció trayendo
consigo algo muy grande que venía tapado con una tela negra. Julia se
quedó con la boca abierta.
- ¡Que me trae el miedo! –pensó.
Y al instante se puso a temblar. Dog colocó delante de ella aquel bulto tan grande y le dijo:
- ¡Prepárate!– Julia volvió a quedarse paralizada.– ¡He dicho que te
prepares! ¡Confía en mí! Pon cara de monstruo y prepárate para darle un
buen susto al miedo. Cuando estés lista, dímelo y le descubro.
Julia se armó de valor, puso la cara más fea que había puesto nunca,
levantó las manos como si fueran garras y gritó muy muy fuerte
“¡¡¡¡Buuuuuhhhhh!!!!” Al instante Dog retiró la tela que cubría al miedo
y ¡sorpresa! Julia se vio reflejada en un gran espejo, como se vio tan
fea y haciendo de monstruo, le dio un ataque de risa
- ¡Jajajaja Jajajaja! ¿Pero qué broma es ésta? ¡Si soy yo!
- No es ninguna broma, Julia – le dijo Dog.– El miedo no existe, lo creas tú misma. ¿Volverás a tener miedo?
- ¿Miedo? ¿De quién? ¿De mí misma? ¡No!, pero si yo no doy miedo.
¡Buuuhhh! –gritaba Julia frente al espejo.– ¡Jajajajajaja! Nunca me
había reído tanto.
Mientras decía esto, los animales empezaron a
desaparecer, las tormentas, el fuego, el agua, y también el bosque; el
bosque empezó a hacerse pequeño, muy pequeño.
- ¡Gracias, Julia! – le dijo Dog.
- ¡No! ¡Gracias a ti, Dog! Por enseñarme al miedo.
A la mañana siguiente, Julia se despertó en su habitación, su mamá extrañada fue a buscarla
- ¡Julia, no has venido esta noche a nuestra cama!
- Sí, mamá, pero ahora soy valiente y pensé que podía dormir sola en mi cama.
A partir de aquel día, Julia dejó de tener miedo y volvió a ser feliz, a
salir a la calle, a jugar con sus amigos e incluso llegó a tener varias
mascotas. Recuerda: al miedo hay que asustarle.
Paco López Muñoz
P.D.: Leer, estudiar, instruiros, desde Adam Smith hasta Karl Marx,
desde Sócrates hasta Comte, desde lo más sencillo hasta lo más complejo.